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El Verbo Divino llegó con una misión, la de manifestar, vivir y comunicar el amor de Dios por el mundo, especialmente por el hombre. Es el misionero del Padre Dios. Jesús nos invita y capacita a ser misioneros. Es decir, estamos llamados a hacer un mundo y una vida mejores, conforme al proyecto de Jesús y a los profundos anhelos y esperanzas del hombre. Es poco cultivar solamente una religiosidad individual. El desafío es mayor: aportar lo mejor de sí para que la convivencia humana sea de mejor calidad; jugársela por la paz y el entendimiento entre personas, en la familia y entre pueblos; dignificar al ser humano, trabajar por erradicar situaciones inhumanas: acercar a los hombres a su Creador y Salvador ; comprometerse con el bien del prójimo, construyendo de este modo la propia y legítima felicidad.
Entrar en esta dinámica del Verbo Divino es “entender la vida misma como una misión”. Aprender como alumnos y enseñar como maestros es una misión. Empezar el día con la Señal de la Cruz y una oración, es empezarlo como misionero. Aceptar los desafíos de cada día escolar, con sus clases y estudio, sus pruebas y juegos, sus recreos y espacios de trabajo serio, es mirar la vida con ojos de misionero. Como alumno me estoy preparando para la vida, o como maestro estoy aportando a la misión de mis alumnos. Comprender y vivir la vida en sus muchos detalles, “en clave de misión” alegre y comprometidamente asumida, es entrar en la dinámica y en el movimiento del orbe animado por el Verbo
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